El tiempo devora al tiempo
como agujero negro,
no dejando día, hora o minuto,
que escape a ser pasado.
Vivimos en el espacio
que transita al filo del equilibrio
de los deseos que mantienen
lo que se quiere o desea
y así, vivir, es parodia
con pasado y presente
solapando el por venir.
Díaz Casares
Este poema de Díaz Casares es una meditación filosófica sobre la condición humana frente al tiempo, y evoca varias dimensiones interconectadas:
La metáfora del (agujero negro)
La imagen inicial del tiempo como agujero negro es devastadora: no solo pasa, sino que devora. Sugiere una fuerza gravitacional inexorable que absorbe todo a su paso, sin dejar residuos. El día, la hora, el minuto —todo es arrastrado hacia el pasado irreversiblemente. Esto evoca la angustia existencial ante la fugacidad de la existencia y la imposibilidad de detener o recuperar lo que se fue.
El equilibrio frágil
La imagen del "filo del equilibrio" sugiere que vivimos en un estado de precariedad ontológica: caminamos sobre una cuerda floja entre lo que queremos y lo que desearíamos, entre el deseo y la satisfacción. Este equilibrio no es sino tránsito constante, una tensión perpetua.
La parodia de vivir
La afirmación más poderosa es que "vivir es parodia": una imitación imperfecta, casi ridícula, de lo que podríamos haber sido o hecho. El presente se superpone al pasado y ambos conspiran para configurar (o deformar) el porvenir. Esto evoca la alienación vivimos transitando vidas, repitiendo patrones, sin alcanzar jamás la autenticidad plena.
La melancolía del tiempo
En síntesis
El poema evoca la soledad metafísica de un ser consciente de su propia temporalidad, atrapado entre la memoria que no puede borrar y el futuro que no puede controlar. Es un lamento por la condición humana: somos criaturas limitadas por un tiempo que nos consume, pero dotadas de conciencia para saber que nos consume.






























2 comentarios:
¡Qué bien volver a leerte! Es bueno para todos que tu voz se pueda disfrutar.
Inuits de otoño
Que bella voz, rajada con la ternura de unas grandes letras que ella misma componía.
Un bello recuerdo siempre.
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