De las vigorosas pasiones
que el tiempo
dejó en penuria y olvido,
quedan súplicas agotadas,
errantes en un páramo
donde las lujurias esperan,
entre delirios soñados
que la cordura declina
y no hay ruego ni clamor
que altere lo que llega.
...Vivimos un tiempo
que colapsa lo predispuesto,
dejando al mercadeo,
hitos de la mente
y el sigiloso acorde de la vida.
@Diaz Casares
El poema de Díaz Casares evoca el destino de las pasiones humanas: aquellas que alguna vez fueron vigorosas pero que el tiempo condenó al olvido y la penuria. Lo que queda de ellas son "súplicas agotadas", errantes en un páramo desolado, un espacio interior donde los deseos y las lujurias aún esperan, pero ya solo como delirios que la razón rechaza.
Hay una resignación profunda: "no hay ruego ni clamor que altere lo que llega". El destino es inevitable.
La segunda parte introduce una reflexión más amplia: vivimos en un tiempo que destruye todo lo que creíamos predispuesto, dejando expuestos los "hitos de la mente" como mercancía, mientras la vida sigue su curso sigiloso, como un acorde apenas perceptible.
En esencia, el poema evoca la tensión entre el deseo y el olvido, entre la pasión y la cordura, y la impotencia del ser humano ante un tiempo que todo lo colapsa y reduce a cenizas lo que alguna vez ardió con fuerza.






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