Caminar entre laberintos
de discordias siempre presentes,
no permite otear lo que acontece.
Éste es el día a día de los lamentos
sin directrices ni argumentos.
Ante ello;
busquemos salidas
a la parodia del presente
y, atajos,
que predispongan
un nuevo acontecer,
donde la verdad desarme
desaciertos calculados
de portavoces de agonías.
Díaz Casares
El poema de Díaz Casares, evoca una **crítica del presente dominado por la discordia, la confusión y la manipulación**, pero también propone buscar salidas concretas hacia un ritmo nuevo basado en la verdad.
Una poética de la salida El poema y la imagen comparten una misma estructura profunda: ambos parten de un presente dominado por la confusión y se niegan a convertirlo en destino. El laberinto visual traduce la experiencia de una sociedad en la que la discordia impide ver, los lamentos sustituyen a los argumentos y ciertos discursos administran la agonía. Pero la composición no termina en la oscuridad. La línea dorada afirma que incluso dentro de una arquitectura hostil puede aparecer una dirección diferente. La fuerza de la imagen minimalista reside en que no representa la verdad como una respuesta grandiosa, sino como un camino estrecho que debe ser recorrido. El nuevo ritmo nace de los quiebres, de los atajos y de la capacidad de cambiar la cadencia impuesta. El horizonte claro no borra el pasado ni niega la dificultad; ofrece una posibilidad de perspectiva. En última instancia, la obra visual convierte el poema de Díaz Casares en una alegoría de la conciencia contemporánea: una conciencia rodeada de voces, estructuras y desaciertos, pero todavía capaz de buscar. Allí donde el laberinto pretende imponer inmovilidad, la figura camina. Allí donde la agonía se presenta como única lengua, la luz abre otra sintaxis. Y allí donde el presente parece una parodia cerrada sobre sí misma, una línea mínima —frágil, irregular, perseverante— comienza a escribir el futuro.


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