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sábado, 11 de octubre de 2025

De armonía delatora

 

Otoño

de sentencia contumaz

para árboles, colores y sonidos.

¿Que silencio recorre

las laderas del tiempo?

Mutilados, ciegos,

los gozos primitivos

no alardean, añoran

las salivas y los vientos

que asentaron el olvido.

Otoño.

Luz de armonía delatora

enfundando sueños

y  nostalgias.

Díaz Casares 

Octubre 1995


El otoño es una de las cuatro estaciones del año de las zonas templadas (subsigue al verano y antecede al invierno), y de las dos estaciones de la zona intertropical.

Astronómicamente comienza con el equinoccio de otoño (alrededor del 22 o 23 de septiembre en el hemisferio norte[1]​ y del 20 o 21 de marzo en el hemisferio sur[1]​) y termina con el solsticio de invierno (alrededor del 21 o 22 de diciembre en el hemisferio boreal y del 20 o 21 de junio en el hemisferio austral).[



El poema “Otoño” de Díaz Casares evoca una profunda melancolía del tiempo y de la pérdida, donde la estación se convierte en metáfora del declive vital, la memoria y el olvido.

El tono es contemplativo y elegíaco, casi filosófico: el hablante observa el paso del tiempo —“las laderas del tiempo”— y percibe cómo la naturaleza y los sentidos se apagan (“mutilados, ciegos, los gozos primitivos”). El otoño no es solo una estación, sino una sentencia, una ley inevitable que cae sobre “árboles, colores y sonidos”. Todo lo vivaz se repliega, todo deseo se recuerda con nostalgia.

Hay también un contraste entre la armonía aparente de la luz otoñal (“luz de armonía delatora”) y su carácter traicionero, pues esa belleza revela el paso del tiempo y la cercanía del fin. Esa “luz delatora” desenmascara los sueños y nostalgias, los “enfunda”, los cubre, los prepara para el silencio.

En suma, el poema evoca:

  • La decadencia serena del ciclo natural.
  • La conciencia del paso del tiempo y el dolor del recuerdo.
  • El silencio como destino final de lo vivido.






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