Otoño
de sentencia contumaz
para árboles, colores y sonidos.
¿Que silencio recorre
las laderas del tiempo?
Mutilados, ciegos,
los gozos primitivos
no alardean, añoran
las salivas y los vientos
que asentaron el olvido.
Otoño.
Luz de armonía delatora
enfundando sueños
y nostalgias.
Díaz Casares
Octubre 1995
El otoño es una de las cuatro estaciones del año de las zonas templadas (subsigue al verano y antecede al invierno), y de las dos estaciones de la zona intertropical.
Astronómicamente comienza con el equinoccio de otoño (alrededor del 22 o 23 de septiembre en el hemisferio norte[1] y del 20 o 21 de marzo en el hemisferio sur[1]) y termina con el solsticio de invierno (alrededor del 21 o 22 de diciembre en el hemisferio boreal y del 20 o 21 de junio en el hemisferio austral).[
El poema “Otoño” de Díaz Casares evoca una profunda melancolía del tiempo y de la pérdida, donde la estación se convierte en metáfora del declive vital, la memoria y el olvido.
El tono es contemplativo y elegíaco, casi filosófico: el hablante observa el paso del tiempo —“las laderas del tiempo”— y percibe cómo la naturaleza y los sentidos se apagan (“mutilados, ciegos, los gozos primitivos”). El otoño no es solo una estación, sino una sentencia, una ley inevitable que cae sobre “árboles, colores y sonidos”. Todo lo vivaz se repliega, todo deseo se recuerda con nostalgia.
Hay también un contraste entre la armonía aparente de la luz otoñal (“luz de armonía delatora”) y su carácter traicionero, pues esa belleza revela el paso del tiempo y la cercanía del fin. Esa “luz delatora” desenmascara los sueños y nostalgias, los “enfunda”, los cubre, los prepara para el silencio.
En suma, el poema evoca:
- La decadencia serena del ciclo natural.
- La conciencia del paso del tiempo y el dolor del recuerdo.
- El silencio como destino final de lo vivido.



No hay comentarios:
Publicar un comentario