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1986.
Pienso en la sencillez
del silencio que crece
en el declive del tiempo.
Tal vez,
absorto en la meditación,
asuma pensamientos
de mi vivir definido.
Los días que inspiran,
me llevan con firme anhelo
a incidir en la debacle
de las pasiones sin freno.
Mientras, por este camino
de vocerios insidiosos,
avanzo, recupero,
clara, creadora,
vivificante y fresca,
mi libertad comprometida
entre cielo y tierra.
Díaz Casares
El poema evoca una búsqueda interior —una meditación serena y lúcida sobre el ser, el tiempo y la libertad. En él resuena una voz que contempla el silencio como fuente de claridad y renovación, mientras se distancia de las “pasiones sin freno” y los “voceríos insidiosos” del mundo exterior.
Hay una tensión entre el ruido y el recogimiento, entre lo terrenal y lo trascendente: el yo poético se reconoce “comprometido entre cielo y tierra”, lo que sugiere una conciencia despierta de su doble condición —humana y espiritual—.
El tono es reflexivo, casi filosófico, pero también esperanzado: al final del trayecto, la voz encuentra en la libertad una fuerza “clara, creadora, vivificante y fresca”, como si del silencio y la introspección naciera una nueva vitalidad.
En conjunto, el poema evoca una meditación sobre la libertad interior que se recupera al silenciar el tumulto del mundo y escuchar la voz esencial del ser.



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