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Este poema dibuja una tarde de otoño que se apaga, donde el ocaso exterior y el declive interior se reflejan mutuamente.
Imagen inspirada en los versos de Díaz Casares.
La obra busca capturar la esencia de esa **"luz dorada de efímera presencia"** y los **"arreboles"** que el poema menciona, transformando el paisaje en un reflejo de la nostalgia. El sendero que se pierde en el horizonte simboliza ese **"inevitable declive"** y el paso del tiempo que el otoño acelera entre vientos y lluvias.
Tema y sentido
El foco está en el final: del día, de los recuerdos vivos, de los sueños. El sol que se va deja los ojos “apresados en sus arreboles”, como si el yo quedara retenido en los últimos colores de la luz, antes de que todo se disuelva. El tiempo “acomoda rescoldos de los días idos”: ya solo quedan brasas de lo vivido, mientras la mente recorre “nebulosas galerías del olvido”, imagen que sugiere pasillos de memoria que se desvanecen.
Imágenes clave
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“Sumidos destellos de colorida luz, que el ocaso apresura”: la belleza del cielo es intensa pero breve, acelerada hacia la oscuridad.
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“Soledades por nebulosas galerías del olvido”: la soledad se desplaza por un espacio difuso, casi onírico, donde los recuerdos se hacen imprecisos.
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“Tarde de Otoño donde la voz, la luz o el gesto, asienten dejar seguir los sueños, hacia su inevitable declive”: todo el entorno —lo que se dice, lo que se ve, lo que se hace— parece aceptar, sin resistencia, que los sueños van hacia su descenso final.
Tono y atmósfera
El tono es contemplativo, sereno y melancólico, sin estridencias: más aceptación que protesta. La tarde de otoño funciona como metáfora de una etapa de la vida en que los sueños no se extinguen de golpe, sino que se dejan ir, lentamente, como el sol que se hunde en el horizonte




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