martes, 3 de junio de 2008
La vida avanza
Aún sin pausa, a tientas,
El poema de Díaz Casares plantea un diálogo tenso con el Tiempo y con la Vida, vistos como fuerzas que no se dejan domesticar y que alternan dolor y sosiego.
Tiempo que hiere y recompone
Aunque el Tiempo siempre avanza, aquí “retrocede y aviva amarguras punzantes que a solas acometen”: señala cómo los recuerdos vuelven, reabriendo heridas cuando estamos solos. El Tiempo es “esotérica diatriba”, algo enigmático y casi acusador, que “recompone olvidos en una nueva etapa de aconteceres”: lo que creíamos superado regresa transformado, reinsertado en nuevas vivencias.
Vida entre incómodo y lujurioso
La Vida, por su parte, “avanza incómoda o lujuriosa”, es decir, a veces con rozaduras, incomodidades, y otras con exceso, impulso, deseo. En ese avance “agiganta esperas” —prolonga anhelos, demoras— o “entrega sosiegos y amores cautelosos”: ofrece también calma y afectos, pero medidos, prudentes.
El poema evoca, en suma, una existencia en la que el Tiempo remueve el dolor y reescribe lo vivido, mientras la Vida oscila entre el desasosiego y una quietud amorosa siempre vigilante.



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